Viejos dioses y algunas canciones

¿Y de qué va esto? ¿A qué viene eso de los dioses? ¿Qué dioses?

Todas estas preguntas me asaltaron un día como lobos salidos de la nada, y me mordieron con saña. Llevaban toxinas en los dientes, algún virus creativo, no lo sé.

El caso es que la infección se fue expandiendo por mi mente. Y apareció una idea: un mundo actual regido por dioses olvidados y mucho rockandroll.

Sinceramente, no sabía qué hacer con esa idea que había brotado de la nada.

Por entonces, yo estaba pensando en escribir una novela sobre unos tipos que deciden aislarse de la sociedad y comienzan a vivir en su propio año, el 3055 (porque me gustaba el número, sin más). Ya tenía un esquema y el nombre de varios personajes.

Y de pronto surge esta idea, este germen de algo que yo no sabía identificar. Me susurraba, lo juro, como un duende alojado en mi cerebro (a mis amigos siempre les digo que es ese maldito duende el verdadero escritor).

Acompañado al susurro venía una imagen: la de un viejo con larga barba blanca y bastón, un Gandalf histriónico, ambiguo y underground a más no poder.

¿Quién era? ¿Qué quería de mí ese viejo zarrapastroso?

Entonces la idea cobró nombre: Viejos dioses y algunas canciones. 

Pensé en escribir una trilogía, la historia de un Odiseo moderno que surcara los designios de dioses ya olvidados. Pero la cosa no terminaba de cuajar, y es que a mí nunca me ha atraído demasiado escribir sagas, soy más de leer lo épico que de crearlo.

Además, ese no era mi rollo. Lo mío es la poesía disfrazada de prosa, el punch interno, la filosofía de lo cotidiano, el frío del invierno, los susurros y las canciones.

Así que decidí pintar un tríptico. Tres historias que suceden en un mismo universo, un lugar donde algunos dioses moribundos pululan por la realidad, sin afectar demasiado en la vida del resto de los mortales.

Tres historias, diferentes entre sí pero conectadas por varios nexos. Tres cuentos. Tres balas de fogueo. Tres canciones.

La primera en aparecer fue La Balada del Infinito.

Fue Tristán quien abrió la puerta a este mundo. Su historia (en algunos puntos similar a la mía), su paso por el mundo y la visión tan peculiar que tenía sobre la vida. También Siberia, el búnker, la nieve y cientos de canciones. Todo eso conformó el primer cuadro de este tríptico.

Y ahora llega la segunda pieza, Camina, invierno.

Una historia pequeña, sin demasiadas pretensiones, cargada de matices noir y underground, pero con una lírica adictiva y conmovedora que retuerce todas tus fibras si te paras a leerla. Y es que ese es mi rollo, ese es mi estilo.

No soy un autor de trama, lo reconozco. Escribo canciones de 200 o 400 páginas. Con ritmo, con riffs, con música propia.

Esta novela corta es muestra de ello. También es un paso más dentro de este universo de dioses decadentes y seres abatidos.

En ella, tal vez lata algún pulso sobrenatural, pero su base es la humanidad de todos los personajes, lo falibles que resultan, lo frágiles y resilentes a la vez. Esto no va de grandes historias épicas o fantásticas, para nada. Esto va de sentir, de notar la sacudida en cada página.

Si la historia de Tristán fue una balada, el cuento del Lobo es puro rockandroll.

Te animo a que te pierdas en este mundo de Viejos dioses y algunas canciones. 

Pero cuidado, después de abrir la puerta algo quedará instalado dentro de ti, para siempre. 

 

👉 CAMINA, INVIERNO 

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