Una canción para decir adiós I

I. ESTOY ENFERMO DE ATARDECERES

Estoy enfermo de atardeceres. ¿Hacia arriba o hacia abajo? Tanto da. Cualquier sonrisa torva puede interpretarse como la más triste de las expresiones. Y yo no soy alguien triste, para nada. Solo estoy enfermo. Y preso.

Mi cárcel es la prisión de la felicidad. Fíjate hasta qué punto llega mi suerte. Aquí soy feliz, y aquí invierto mi tiempo. Buen trueque. Horas por felicidad. En mi agujero hay doce mil ventanas, todas abiertas, aunque por ninguna se cuelan los rayos crepusculares del sol. Yo los imagino. Reinvento el mundo de afuera. ¿Qué habrá más allá? El rumor del viento peinando árboles… Se abre el abismo en mi estómago cuando comprendo que afuera no queda nada. Pero, hey, no hay de qué preocuparse. Abro un cajón, elijo la ropa interior y con el primer sorbo de café trago nudos y mundos ocultos bajo mis capas. Joder, que soy feliz. Tan feliz…

¡Mira! ¡Qué colores más bonitos se filtran por mis ventanas!

Todo va bien, en definitiva. Soy una fábrica con patas. Mi propia factoría. Cojo el tiempo en bruto y lo refino hasta lograr felicidad. Me llaman “Doer”, el Hacedor. Yo prefiero autodenominarme “Revêur”, el Soñador. Aunque esto último es algo que escribo aquí. Por favor, no se lo digas a nadie. Necesito que esto quede entre tú y yo. Si no, me harán el vacío y puede que la policía del karma venga a arrestarme. Y, vaya, ya sabes que yo no soy alguien apenado ni deprimido. De hecho, soy tan feliz que podría reventar. Por eso tomo diazepam, para bajar las revoluciones. No quiero que mi corazón de tanto latir explote. Tengo que aprender que la alegría ha de tomarse en pequeñas dosis, que no debe ser motivo de insomnio. ¿Ves? Lo tengo claro. Está grabado en mi córtex cerebral. Un mantra con estéreo. Las tablas de multiplicar. No se me olvida. Te lo prometo (os lo prometo a todos), nunca bajaré de esta nueva ola.

Entonces, ¿qué hago escribiendo esto?

Sinceramente, no lo sé. Hay algo dentro de mí. Creo que estoy enfermo. Algo me impide ser como el resto. ¿Por qué ellos sonríen con tanta plenitud? ¿Por qué disfrutan haciendo lo que hacen? ¿Cómo pueden refinar tan bien su tiempo? Yo también sonrío, no creas. Lo hago constantemente. Sin embargo, no puedo evitar sentirme vacío. Creo que la razón es mi aflicción. Cuando en el horizonte el sol se convierte en una enorme farola ocre mi vida se suspende. Quedo de pie, plantado como un pasmarote, mirando sin ver, escuchado el graznido de los cuervos que llaman atrás. Quieren que siga hurgando con mi pico, que busque virutas brillantes. Pero yo me colmo con el sol moribundo, me bebo su luz residual. Eso me cautiva. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo muere y resucita? Cuando su fulgor mórbido se apaga toneladas de noche caen a mi alrededor. Tan solo me responde el eco, y no con entusiasmo. Buenas noches, digo. Y alguien me abraza para que no tenga miedo. Yo le aseguro que no pasa nada, que soy feliz, que mañana seguiré puliendo el tiempo. Como siempre. Como nunca.

Luego finjo roncar. En realidad, casi sin saberlo, urdo el plan que acabará con todos los planes. Cuando canta el grillo. y no me oyen, imagino el día siguiente con todas sus posibles bifurcaciones. En secreto, en lo más profundo de mi fábrica, hay una habitación. Del techo cuelga una bombilla desnuda. Las paredes están forradas de estanterías con libros. Sobre la mesa hay planos y aparejos que he visto en películas sin la certeza de su utilidad. Es mi cocina interna. Aquí se cuece algo gordo y huele de maravilla. ¿Qué es?

Mi plan de fuga.

 

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