Un tipo sin nombre

¿Duele?

Los labios partidos. Un ojo hinchado. Dentro, en la última habitación del pasillo cerebral el chirrido de una pulsión tremenda. El latido, ya ves, de una paliza bien merecida.

Observa el charco espeso con el ojo sano. Es un ojo de miel batida, de pupila chica, de venitas rojas reventadas. A cuatro patas, como un perro callejero apaleado. Recuerda los golpes. Poco más.

Recuerda…

Levantarse no resulta fácil. Apoya una mano de nudillos pelados sobre el muro. Así advierte el desconche de la piel y concluye que algún puñetazo debió acertar él también.

No sonríe. No tiene ganas. La resaca queda atrapada bajo la inflamación de la carne, aunque rasca la superficie. Trata de enderezarse, poco a poco. Duele. Una mueca, solo eso se permite. Con cuidado y temblando se aparta las greñas apelmazadas al rostro. Usando el dorso de la manga a modo de pañuelo limpia de grumos la espesa barba tricolor: negro del ayer, gris del olvido, carmesí de sus tripas.

Mirada al frente. El paseo marítimo. Allá, tras el último trazo de mar bosteza el sol. Permanece así unos minutos. Quieto. Buscando las piezas adecuadas por el pasillo de su mente. Desiste, sólo hay escombros.

Comienza a andar como lo haría Dios tras caer del cielo.

Es así como ofrece un bonito espectáculo a los pocos habitantes invernales de la Alborada, una ciudad costera deshojada por la estación fría y superpoblada por el verano en ciclo eterno. Allá va él, acarreando con el dolor, con el amanecer a cuestas. La americana rasgada a la altura del hombro. Motas rojas en la camisa blanca de botones castigados en el buche. Es la pincelada de un artista desquiciado, decidido a entorpecer la bella labor del amanecer.

¡Bah!

Le da una patada a un bote vacío de refresco. Arrastra los pies por el paseo marítimo. Va mirando al suelo, cada centímetro que recorre. Le estorba la luz recién nacida. Perfora sus ojos con alfileres fulgentes. Dos chicas se cruzan en su camino a ritmo de footing. Él desvía la mirada al mar. No quiere verse en el reflejo de alguien joven y vigoroso, alguien con la suficiente voluntad como para madrugar y hacer temblar la tierra bajo sus zancadas.

Pasa el peligro. Se esfuma la vergüenza. No pierde de vista las olas. Ya tiene sus pies demasiado vistos. El sol ya casi ha emergido del todo. Se le ocurre que, mal que bien, él también es un madrugador, y a quien madruga… Primera sonrisa, algo nimio.

Dura poco. Una arcada le obliga a lanzar el gesto lejos, junto a un puñado viscoso de bilis y restos de alcohol. A horcajadas. Con la melena hecha un matojo grasiento. Los ojos sin lustre. La punta de los zapatos manchados. “¿Quién soy?” Se pregunta. Cierra los puños con rabia. De sus pestañas cuelgan lágrimas. “¿Qué soy?”

Lentamente se incorpora. Desafía con un vistazo al mar tranquilo, sus idas y venidas espumosas. Vuelve a interpelarse con una cuestión más precisa: “¿En qué me he convertido?”

– Di mi nombre. – Le dice al vasto charco azulado.

La masa de agua le ignora. Va a lo suyo. Viene y se va.

– Di mi nombre.

Esta vez, un poco más alto.

– ¡Di mi nombre! ¡Dilo!

Ya es un grito. “¿Qué cojones estás haciendo? ¿Te has vuelto loco?” Desestima la voz de su cabeza, así como el mar lo desestima a él.

– ¡Di mi nombre, hijo de puta! ¡Dilo! ¡Di cómo me llamo!

No hay respuesta. Claro. Ni siquiera el eco, pues el eco ha muerto. Y cuando el eco muere comienza el caos. Se desatan las cadenas.

– ¡Ahhhhhhhhhh!

Un alarido desesperado. Avanza en carrera por los montones de arena, directo al mar. Patizambo. Corre como si estuviera envuelto en llamas y necesitara apagarlas. En la orilla se le queda atascado el zapato izquierdo. No importa. Él sigue. El agua a sus pies, primer mordisco de invierno. Tanto da. Continúa gritando. Ruge, patalea, hasta que una ola viene para abrazarlo y llevárselo a lo más profundo.

“¿Qué esperabas, idiota?”

Lucha desesperadamente por volver a la orilla. Es el náufrago más patético de la Historia. Los oídos se le taponan. Traga sal, traga agua. Unos brazos invisibles quieren llevárselo hacia lo profundo. Bracea y siente el aguijón del arrepentimiento. No quería morir de verdad. Ha sido una estupidez. Pero ahora es tarde. Sus fuerzas se diluyen como terroncitos en una inmensa taza de té. Cierra los ojos. Está cansado.

Las garras le atrapan. Tratan de arrastrarlo, sólo que esta vez en sentido contrario. “¿Hacia dónde?” Oye voces de sirenas que le piden un esfuerzo. El mar parece aburrido con la disputa, pierde interés y olvida a su presa.

A través de la membrana azul se va filtrando la luz. El aire se cuela por sus pulmones obligándole a toser agua intrusa. Panza arriba, como una medusa muerta, boqueando entre estertores para expulsar los restos del Mediterráneo tragados.

– Menos mal.

Abre los ojos. Son ellas. No las sirenas, sino las muchachas que corrían mientras él hacía surcos por el camino. Han debido oír los gritos. Sus dementes y absurdos gritos.

– Hay que llamar a una ambulancia.

– No… no.

El hombretón se incorpora y de rodillas termina de soltar cuanto le quedaba dentro. Luego menea la cabeza, en gesto negativo.

– Estoy bien, no hacen falta ambulancias. – Apenas se le entiende con el labio hinchado.

– Pero…

La muchacha está empapada de arriba abajo.

– Muchas gracias por sacarme. – Trata de excusarse, suena tosco como la lija. – Estaba en la orilla y…

No termina la frase. Se encuentra con su reflejo en las pupilas de la chica, tal como se temía. “Debo parecerle el monstruo del pantano”.

– Gracias – Termina diciendo.

Comienza la marcha de vuelta a casa, donde debía haber permanecido, encerrado, para nunca salir. Recoge el zapato izquierdo. Le cuesta andar por el peso de la ropa, por los golpes. La melena es una maraña de algas. Si algún día llega el Juicio Final, el aspecto de los cuerpos resucitados será similar al suyo.

– ¿Seguro que está bien? – Oye que gritan tras él, en la orilla.

Se limita a levantar la mano en gesto de okey. Las dos jóvenes deben de estar maldiciéndolo por su desagradecida actitud. Le sabe mal, él no es así. Le han salvado la vida, lo reconoce. Pero necesita volver a la cueva y esconderse. Necesita la seguridad de sus cuatro paredes de las que, jura ahora, no volverá a salir nunca.

Cruza la ciudad renqueando, dejando gotitas saladas a su paso. El mundo comienza a despertar, ajeno a su maltrecho corazón. Quien se cruza con él enarca una ceja, compone una expresión de asco o suspira. Un barrendero, al verlo, murmura algo sobre la crisis y la gente sin techo. Nadie es capaz de imaginárselo como a un hombre de éxito, hijo de la Fortuna. Ni siquiera él mismo es capaz. Ya no.

Los zapatos deslustrados vuelven a raspar el suelo. La vista pegada al suelo, midiendo los tramos que le toca andar.

“Quizá todavía quede arena de playa bajo los adoquines”, piensa.

 

Si te ha gustado este breve cuento, tienes mucho más y mejor en LA BALADA DEL INFINITO.

¡Nos vemos entre libros!

 

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