PEQUEÑA MISS SUNSHINE (O el balance entre el éxito y el fracaso)

“¿Sabes qué? A la mierda estos concursos. La vida es un puto concurso de belleza detrás de otro. El instituto, la universidad, luego el trabajo… ¡A tomar por culo! Y a la mierda la academia de pilotos. Si quiero volar, ya buscaré el modo de hacerlo. Hay que hacer lo que te gusta, y a la mierda lo demás.”

  Ya está bien de esa actitud negativa que te lleva a fracasar. El éxito no se arrima a los perdedores, nunca. Lo importante es triunfar, llegar más alto que el resto, destacar. Si no triunfas, si no alcanzas el éxito, te vas a pasar la vida siendo un fracasado. Venga, anima esa cara y cómete el mundo.

Cosas así escuchamos cada día. Vivimos en una sociedad que nos bombardea con mensajes parecidos a este constantemente. Y lo peor es la sensación de carrera, de estar siempre en constante movimiento hacia ninguna parte, olvidando qué nos hace felices, dejando cosas importantes por el camino. Corre, corre y corre. ¡Corre! Que tienes que alcanzar el éxito y apenas te queda tiempo.

Pero… ¿Y si me quiero detener, aunque sea un segundo, para mirar a mi alrededor?

Esto es algo que yo he vivido de primera mano, y me parece que también mucha gente de mi generación. Me hace mucha gracia cuando oigo el término Milenial con tono despectivo. Que si nos lo dieron todo, que si somos vagos, que si perseguimos objetivos que no tienen sentido. Hasta no hace demasiado la cosa estaba clara: estudia lo que sea, trabaja en lo que sea, y a por el éxito, casa, coche, hipoteca… Haz lo que hacen todos y como lo hacen todos, y déjate de pájaros en la cabeza. Y, sobre todo, no te agobies.

Al final te pones a correr, igual que los demás. Todo se reduce a si eres una persona de éxito o si, por el contrario, no haces más que fracasar.

Y es aquí, en este argumento tan maniqueo de blanco o negro, de todo o nada, donde Pequeña Miss Sunshine da una lección que a mí me cala bastante.

La peli apunta hacia la comedia, y de hecho te la pasas entera con una sonrisa en los labios. Sin embargo, no se trata de humor facilón o de situaciones rimbombantes. Que va. Son momentos que buscan la risa sincera, honesta, de esas que a veces vienen acompañadas por un nudo en la garganta sin saber muy bien por qué.

Durante los primeros minutos se nos presenta a un grupo de fracasados, una familia compuesta por gente que de una manera u otra ha fallado en la consecución de sus proyectos vitales. Tenemos al adolescente que odia a todo el mundo y que su objetivo en la vida es ser piloto en el ejército. El abuelo que esnifa heroína a escondidas, desengañado y cansado. El tío que ha intentado suicidarse (“hasta en eso he fracasado”, comenta en una escena). Y, para mí, los tres personajes clave de la película: el padre, la madre y la niña que quiere ir al concurso de belleza Pequeña Miss Sunshine.

El padre es quizá el personaje que mejor refleja nuestra sociedad. Se trata de un tipo risueño, enfermizamente positivo, tanto que ha escrito un libro con los 9 pasos para alcanzar el éxito. Este tipo clasifica a todo el mundo en dos bandos, los ganadores y los perdedores. La ironía está en que él mismo se obsesiona tanto en alcanzar el éxito que todo le sale mal.

Olive, la niña, es el personaje entrañable de la película y un mazazo al concepto distorsionado del éxito. Quiere presentarse a un concurso de belleza por que le hace ilusión y por que junto a su abuelo está preparando una coreografía que le encanta. No está obsesionada con ganar, ella solo quiere estar ahí, en el meollo del concurso y que su familia la vea brillar. Hay un momento genial en el que Olive se pide un helado y unos gofres en un bar de carretera y su padre le dice que las mujeres de éxito son guapas y delgadas, no comen helado. La expresión de la niñita es de pura ansiedad, ¿si como helado no seré una chica de éxito?

Luego está el personaje de la madre, mi favorito. Ella no intenta convencer al resto de que hagan esto o aquello, es más, busca que sus hijos sean capaces de decidir por sí mismos y de fracasar si es necesario. Incluso con su marido, ella apoya su decisión de invertir en el libro de los 9 pasos hacia el éxito, aun a sabiendas de que puede ser un tremendo fracaso. Entiende que el mundo es mucho más complejo que una división en dos bandos. Aun con la furgoneta hecha tirones, con el claxon molesto sin dejar de sonar, a pesar de las circunstancias, ella no juzga a los demás. Sencillamente los acepta, con sus miedos e inquietudes.

Y es que yo me quedo con eso. ¿Qué es el éxito? ¿Ganar siempre? ¿Tener mucho dinero? ¿Ser el mejor? ¿Conseguir todo lo que me proponga, aunque lo que me proponga sea imposible?

Durante mucho tiempo he estado pensando sobre esto. Dándole vueltas. No sé para los demás, pero para mí el éxito supone ser feliz. Tal cual. Sin correr, sin perder de vista a las personas importantes que tienes a tu alrededor. Nada de objetivos impuestos. Solo metas mías.

Creo que el truco no está en perseguir el éxito a toda costa. Se trata de buscar la felicidad, y eso es algo que depende de cada uno. Ahí está la gracia.

No necesito ser el mejor, tan sólo quiero ser feliz.

Yo ya lo tengo decidido. Voy a hacer como Olive, voy a participar en esto y daré lo mejor de mí. Pero también pienso comerme el helado.

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