Mis manías como escritor

Ernest Hemingway, tenía una incómoda costumbre, o eso decía: escribir siempre de pie. Y en el bolsillo derecho llevaba sus dos amuletos de la suerte: una pata de conejo y una castaña de indias. ¿Qué te parece? Manías de escritor.

 

Te diría que siempre que me siento a escribir lo hago con una copa de vino tinto, añejo como el mismo mundo, en una habitación apenas iluminada por un flexo, repleta del humo de mis cigarros.

También podría decirte que antes de escribir doy un par de caladas al bálsamo de Fierabrás, hierba de la buena. Lo dejo un rato en mis pulmones, espero a que sus tentáculos laxos me toquen el cerebro, y entonces escribo de forma fluida y sin parones.

Y yo qué sé, ya puestos, podría contarte que me gusta beber y trasnochar, y que los mejores párrafos los he escrito ebrio y sudoroso, desquiciado y nocturno como una polilla kamikaze.

La verdad es que podría soltarte cualquiera de estos clichés y quedarme tan a gusto. Y, obviamente, sería mentira.

Me encantan las historias sobre artistas esquizoides, decadentes y a un paso de la demencia más obtusa. Pero eso no quiere decir que me crea esas milongas, más que nada porque conozco a músicos, escritores y escultores que se toman su trabajo muy en serio. Tal como lo hace el mecánico o el ingeniero.

Y eso de que las musas aparecen sin previo aviso… bueno. Digamos que, al menos en mi caso, las ideas aparecen sin avisar, pero porque ya estoy predispuesto. He acostumbrado a mi mente a tener siempre activo el radar de ideas y posibles gérmenes de historias. Además, no dejo de estimularla con más y más historias: cine, literatura, etc.

Al final, la mente se muscula y se acostumbra a cazar al vuelo cualquier detalle que pueda convertirse en relato.

Vamos, que, en definitiva, no tengo nada interesante como escritor. Ni soy un bohemio empedernido, ni uso drogas para activar mi imaginación, ni nada de nada. Un muermo, vaya. Un tipo que bosteza despeinado y se sienta frente el ordenador con cara de idiota hasta que sale algo decente.

Eso sí, tengo mis manías, mis procesos. Como todo el mundo, supongo.

Si tú también escribes o sientes curiosidad por saber cómo funciona la mente de la gente que escribe, quizá te sirva de algo. Y si no, por lo menos leerás algo entretenido hoy.

Estas son algunas de mis manías como escritor:

 

✍ Calentar antes de escribir

Me cuesta una barbaridad empezar a escribir de cero. Me he acostumbrado a leer un poco siempre antes de ponerme a teclear, muy poquito, cinco páginas, un capítulo, medio, lo que sea. Si no, me es sumamente difícil comenzar a escribir y la cosa se me amarga.

Parece una tontería, pero para mí es vital. Además, siempre procuro que lo que leo no tenga nada que ver con lo que estoy escribiendo. Ni el tono, ni la trama, nada. Por ejemplo. Ahora estoy escribiendo una novela (acabo de empezar, ni 10 páginas llevo), sobre la importancia de sobrevivir cada día, la pérdida y la filosofía cotidiana de cada gesto (algo así, es una novela sencilla pero complicada de explicar en esta fase tan temprana). Y estoy releyendo la saga de Geralt de Rivia (The Witcher, para muchos). Ya me dirás qué tiene que ver una cosa con la otra.

 

✍ Se acerca el invierno

O, en su defecto, All you need is love.

Es una chorrada, lo sé, y no tiene explicación. Pero siempre que voy a escribir me gusta tomarme un café, un té, una infusión o agua fría en mi taza de los Stark, blanca con el lobo huargo gris. Si no tengo esa taza al lado, es como que me falta algo.

Y si por lo que sea, esa maravillosa taza está para lavar debajo de una pila de ollas y platos, o en el lavavajillas, la alternativa es la de los Beatles.

Mi mujer se burla de mí, y no puedo reprochárselo. Es una manía tonta, pero es mi manía.

 

✍ 1000 palabras

Esa es mi fórmula.

Hay días que escribo más, pero nunca menos. Siempre procuro escribir 1000 palabras al día.

¿Por qué esta cifra y no otra? Pues no lo sé. Supongo que por mi otro trabajo de redactor de contenidos, donde los post que se piden suelen ser de 1000 palabras aproximádamente.

En cualquier caso, a mí me funciona. 1000 palabras son unas 3 o 4 hojas, y créeme que para mí eso es una cifra realmente exitosa. ¿3 hojas de word al día? Dónde hay que firmar.

Parece poco, pero así he escrito todas mis novelas, nunca he tardado más de 6 o 7 meses en escribirlas  y oscilan entre las 300 y 400 páginas. Osea que, al menos a mí, me vale.

 

✍ Música para un trabajo bien hecho

O al menos hecho, que ya es.

Siempre que termino de escribir mis 1000 palabras como mínimo, me gusta escuchar una canción o dos. Es algo así como la despresurización de los astronautas al entrar a la nave desde el espacio exterior. Si quiero retornar a la realidad, volver a ser el tipo despeinado con sueño y la risa tonta de siempre, necesito quitarme de encima la gravedad de lo que escribo.

Y lo hago con música. Escucho un par de temas, generalmente rock, chapurreo como si estuviera loco y apañado. Listo para la vida cotidiana. Otra manía.

 

✍ Saber parar a tiempo

Mi última manía reseñable es saber parar tiempo.

A veces, escribiendo una historia, sobre todo en momentos álgidos o importantes de la historia, el cuerpo te pide marcha y quieres seguir y seguir como si estuvieras viendo una peli.

Pero, para mí, lo mejor es parar a tiempo, dejar la cosa en su punto más alto. Flotando, en pause, casi a modo de cliffhanger. Así, mañana, cuando vuelva a escribir, solo tengo que darle al play.

Es mucho más fácil escribir así que arrancar de cero cada vez. Al menos para mí.

 

Y ya está. Estas son mis manías, mis cositas como escritor. Tengo muchas más, pero estas son las únicas interesantes y que además son medio útiles.

Tal vez te parezcan chorradas como catedrales, pero, eh, son mis manías. Y aquí sigo.

¡Nos vemos entre libros! 😉👍