Fahrenheit 451

«ÉCHATE UNAS RISAS, RAY»

Esto es más que una simple recomendación. No voy a ser objetivo, ni daré las claves de esta obra tan conocida, y a la vez, tan desconocida. No profundizaré en la trama ni en sus personajes, no esta vez, al menos.

Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí? Charlar un poco sobre el futuro del bueno de Ray. Es decir, nuestros días.

Yo me topé con esta novela hace más de diez años, cuando era un chaval escribiendo todavía el Universo, ya sabes. Llegó a mis manos como casi todo lo bueno a esa edad, por obra y gracia de mis hermanos mayores. Lo leí sin más pretensión. Otra distopía, bien, muy entretenido. Hey, capto el mensaje. Los libros son buenos, no los quemes.

Claro, únicamente rasqué la superficie. Pero la semilla quedó plantada, eso es lo que hacen los buenos libros y, por supuesto, las buenas distopías. Te inoculan el germen y ahí lo llevas. Ya estás infectado. Una maravilla.

Fíjate, cuando yo leí Farenheit 451 me pareció un poco exagerada la idea, la gente nunca dejaría que los libros ardieran. Y con tan pancha reflexión me fui a dormir. Hasta que hace unos días vi casi por casualidad una adaptación audiovisual realizada por HBO. La peli es mala hasta al dolor y si nuestro amigo Ray pudiera verla estoy seguro de que se prendería fuego a sí mismo. Con todo, a mí me hizo reflexionar, me despertó el recuerdo de la lectura del libro.

Venga, desempólvalo. Lo volví a leer.

¡Vaya! Sorpresa. Esa novelita me pareció más vigente a día de hoy que cuando la leí por primera vez, no digamos cuando se escribió. Y no es porque yo tenga más comprensión lectora ahora, es por lo que veo a mi alrededor.

En esta utopía atrofiada no hay gobierno autoritario y déspota al estilo de 1984 o un Mundo Feliz. No, qué va. Aquí el gobierno es democrático y la decisión de quemar libros se toma por la presión de la gente. Unos se sienten ofendidos por La Cabaña del Tío Tom, otros por los libros que ayudan a dejar de fumar, los de más allá con los de una religión opuesta. “Los filósofos solo buscan morder la yugular de otros filósofos”.

Al final, en una sociedad sobreofendida se toma la determinación de quemar una lista de libros que se irá ampliando paulatinamente hasta que no quede ninguno. Y dirás, vaya, que solución más drástica, eso hoy no podría suceder.

Y tienes razón. Hoy no hace falta. La gente no lee. No es necesario quemar libros. Basta con ignorarlos. Olvidarlos. Un libro rodeado de gente que no lee es un trasto inútil. El calzador de una mesa.

Hoy tenemos las redes sociales. Esa es nuestra literatura. Una ventana idónea para declamar. El desahogo del eterno cabreado. Hace poco leí por twitter que el Lolita de Nabokov junto con toda la obra de Bukowski debía desaparecer de las estanterías de las librerías. Y alguien se lo planteaba seriamente. Increíble, ¿verdad? Lo peor es que estoy seguro de que ninguna de estas personas iluminadas ha leído ni Lolita, ni nada del maestro de la poesía de cañería.

Quizá exagere, tal vez no sea para tanto y puede, incluso, que leer esté sobrevalorado y yo le dé más importancia de la que tiene. Pero como escritor no dejo de escuchar eso de “hoy se publican más libros, pero se lee mucho menos”. Hoy, al menos en mi día a día, la persona que lee, que siempre lleva un libro en la recámara, es una rara avis. A su alrededor hablarán de fútbol, del último programa de moda, de la chorrada de turno. Le mirarán extrañados y dirán: “¿qué haces leyendo?”

Échate unas risas, Ray. Yo pago la ronda.

 

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