Diario de un escritor IV

“Luces, cámaras, prevenidos… ¡Acción!”

 

Como te decía, elegí ser director de cine por encima de otras opciones como psicólogo, periodista o profesor de filosofía. Creía que tenía madera para ello y, sinceramente, lo sigo creyendo. No soy el tipo más confiado y es rara la vez que me siento totalmente seguro de mí mismo, pero a este respecto no tengo dudas. Se me da bien crear proyectos audiovisuales. Así que nueva etapa, nuevo look (me tinté la melena de un rojo chillón que luego se fue degradando hasta descubrir una gama de rosados digna del mejor pintor). Una mochila y allá que vamos. Enséñame esto del cine.

Al principio todo fue de fábula. Fíjate, el primer día de curso tuvimos una masterclass de Francis Ford Coppola. Nada más y nada menos. El amigo Francis pasaba por mi escuela para grabar unas escenas de Tetro. Ahí estaba, la mente detrás de la trilogía de El Padrino y la mejor adaptación de Drácula, largando en su inglés con apuntes cómicos en un nefasto español. Empezó con fuerza la cosa, ¿verdad?

Pues duró lo que dura un suspiro. Echando la vista atrás me doy cuenta de que toda esa etapa fue un cúmulo de cosas que a priori parecen triviales pero que al solaparse te pueden hacer tocar fondo. Pasaron los años y, la verdad, no aprendí demasiado.

Empezaba a dudar del Universo que en su día cree. Se estaba congelando en una era glaciar de dejadez absoluta y desesperanza, si se resquebrajaba caerían los pedazos en el vacío por siempre. Así me sentía. Hice el idiota como nunca. Reboté como una bola de pinball. Estaba tan desilusionado… Cuando lo creía todo perdido hubo un brote de luz que, sin previo aviso, iluminó el rinconcito donde guardaba mis ganas de escribir.

Y si aquí no me enseñaban… ¡Pues nada! Tocaba hacer la de Juan Palomo.

Me lo tomé en serio. Con unos cuantos conocidos interesados de manera profesional por el mundillo audiovisual inicié una serie de cortos de los cuales sólo uno vio la luz. La razón es que el coste de tiempo y pasta que conllevaba aquella aventura sólo permitía centrarnos en un proyecto. Así que me estrujé la cabeza. Metí todas mis ideas en un mismo guión y empezamos una etapa de pre-producción muy dura pero muy satisfactoria.

Se construyeron escenarios en sótanos, se iluminó un polígono industrial… Guión literario, guión técnico, tiro de cámara, ensayos con actores… Aprendí más en los seis meses que duró el rodaje que en cuatro años de carrera. El resultado fue un mediometraje titulado Coup de Poudre del que podéis ver un fragmento aquí (es cuanto queda en las redes).

¿Y ahora qué? Me había hinchado a decir eso de “prevenidos… ¡acción!” y quería más. Volvimos a empezar. Se montó un equipo multidisciplinar. Cerramos un bar tres días y grabamos Blues. Un cortometraje sobre unos suicidas que noche tras noche van a ahogar sus penas a un bar situado en el infierno. Tan sólo el camarero y el guitarra conocen su verdadera condición, mientras los condenados repiten una y otra vez la misma historia durante toda la eternidad.

Te he contado todo esto porque estoy convencido al cien por cien de que hoy no tendría cuatro novelas publicadas si no fuera porque quise ser director de cine.

¿Qué vino después de Blues? Pues mi primera película de presupuesto ilimitado.

 

Quédate, bebe un trago. Te seguiré contando…

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