Diario de un escritor III

“Tienes dos semanas para decidir tu futuro…”

Así fue la frase que me soltaron, desde arriba (nunca fui muy alto). En mi mentón apenas se intuía pelusa, la cara escondida tras greñas sin peinar. Y después de dos años de bachiller de humanidades, llega alguien, te pasa la patata y acciona la cuenta atrás…

Bueno, vamos por partes.

Un año antes, terminada la educación secundaria obligatoria y huyendo de cualquier cosa que entrañara números, seguí el itinerario marcado. ¿Bachillerato?, pues bachillerato. A mí qué me cuentas. Mis notas siempre fueron buenas, pero, la verdad, nunca presté demasiada atención a lo que sucedía en clase. Supongo que cuanto aprendí me ha servido después, en algún momento. Sin embargo, si intento recordar aquella época me veo escribiendo, creando historias, no estudiando.

De aquel entonces me quedo con un profesor que a día de hoy es un gran amigo, tanto que aceptó escribir el prólogo de LA BALADA DEL INFINITO (que podéis conseguir por aquí). También con las risas y los buenos ratos entre clase y clase, por los pasillos o tirado bajo aquel ventanal rojo oxidado.

Ahora lo veo claro, aunque en ese instante no lo sabía. Ahí nació el impulso de crear algo más complejo, mejor. Yo tenía mi libreta llena de historias. Mis amigos las leían con entusiasmo, pero a mí me faltaba algo. ¿Qué podía hacer con ese puñado de párrafos escritos a mano? ¿Un libro?, no, que va. Me parecía ridículo que yo escribiera un libro, eso estaba reservado para gente inteligente. Al fin y al cabo, lo que yo quería era jugar, pasarlo bien con mis historias. Nada más.

¡Y MILAGRO! Por esas fechas llegó a mis manos la película Noviembre (muy recomendable). Una de esas obras que no ambicionan coronarse pero que a ti te marcan de por vida. Cosas que pasan. A mí me encendió el cerebro. Ni la temática, ni el estilo tenían nada que ver conmigo. Aun así, parpadeó la bombilla sobre mi cabeza: ¿y si hago una peli?

Ni corto ni perezoso, reuní a mis colegas y les comenté el plan. Lejos de achantarse, todos se lanzaron a la piscina. ¿Dónde iba a acabar todo aquello? Nadie lo sabía. Eh, íbamos a hacer una película. ¿Qué más daba?

Cogí todas mis historias, las metí en una coctelera, agité bien y ahí tienes; un guión de hora y media. ¿Qué te parece? El padre de uno de mis amigos tenía una cámara analógica, de esas que iban con cinta. Perfecto. Les pasé el guión a todos. Aportaron sus ideas. Modifiqué. Esto así, esto asá. ¡Éramos productores de cine! (Échate unas risas).

¡Y A RODAR!

La mayoría de las escenas se grabaron en la casa de campo donde se creó el Universo, y donde vivo ahora con mi mujer y tres adorables bestias peludas. No teníamos ni idea de lo que hacíamos. ¿Iluminación? ¿Encuadre? ¿Plano? Lo dicho, ni idea. Nos íbamos pasando la cámara. Todos hacíamos de todo. Llegábamos tarde a casa, exhaustos, pero con dolor de barriga de tanto reír.

La película, entre tú y yo, fue un desastre. Era horrible. Sin sentido y aburrida. No sé los litros de sangre artificial que se usaron. Y todavía tuvimos el valor de estrenarla en el cine de nuestra ciudad, como un gran evento. Vinieron profesores, familiares, amigos… Lo más gracioso es que la película se terminó de montar cinco minutos antes del estreno.

En fin…

Tras esta experiencia, el Universo se solidificó. Aun no pensaba en ser escritor, claro. Pero sabía que escribir, de una manera u otra, era lo mío.

Pasó bachillerato, hice selectividad. El itinerario fue avanzando. Y de pronto, me pusieron un papel delante y me dijeron: apunta lo que quieres ser.

¿Yo? ¿Me dices a mí? Durante el último tramo del curso creía tener claro que iba a estudiar psicología en Valencia. Me parecía lo más lógico, lo más adecuado dentro del itinerario.

Pero justo cuando mi mano debía apuntar eso, volvió Noviembre y su resistencia artística.

Apunté otra cosa: «Quiero ser director de cine.»

¡Y CORTEN!

Te seguiré contando…

 

 

 

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