Día Hyedra

Toneladas de noche a su alrededor. Todavía en pie, a pesar de lo tarde que es. Despierta, y a solas con todo el mundo. Unos cuerpos sin rostro retorciéndose en violentos espasmos. Atrapándola, obligándole a interpretar su papel de florecilla frente a una cámara full HD. Sin ojos. Sin nariz. Demonios de carne que ansían penetrar hasta su mente. Cada vez están más cerca. Cada vez… no esta noche. Ella es fuerte. Resistente. Al fin y al cabo, su corazón es de goma elástica. Así debe ser.

Ahora camina de vuelta por las calles vacías, con su disfraz de puta y el alma de poeta a rastras. Componiendo versos para adentro, rimas asonantes, crudas, peligrosamente acertadas. Las farolas le marcan el sendero como un rastro de luz mortecina. Sal de las sombras, niña. Entre foco y foco le da por imaginar un mundo perfecto. No lo logra. Como tantas y tantas otras veces, llega a casa con el amanecer a cuestas, jurando en silencio: “nunca más”. Y que se pare aquí la función. “Aunque necesito la pasta. Dinero fácil.” ¿Fácil?

Bajo el haz ocre de la décima farola se pregunta: “¿Cuánto pesa un puñado de luz?” Acude una sonrisa triste a sus labios, es eso o la locura. “Kilos y kilos de oscuridad”.

Salen las primeras ascuas tras el horizonte marítimo. Nunca antes un amanecer le ha producido tal desasosiego. Se le anuda la garganta. Aprieta los puños con fuerza. No se permite mostrar debilidad. Ni siquiera en las íntimas y solitarias calles de esa ciudad costera, justo en el instante en el que la noche se va desvaneciendo…

Hay quien apura los minutos agarrando una almohada. Quien mira un minutero con los dientes apretados deseando el cambio de turno. Quien llora por lo que pudo y no fue.

Ella no. Ella, sin quererlo, hace de todo un triste verso.

Tal vez mañana…”

Abre el portal con un manojo de llaves. Espera a que llegue el ascensor y una vez dentro apoya la frente en el espejo. Se siente tan cansada y dolorida… Exhala un suspiro y el cristal se empaña. La campanita le anuncia que está en su planta. Empuja la puerta y avanza.

Procura hacer el menor ruido posible. Introduce la llave en la cerradura, gira el paño con cuidado. En cuanto cierra la puerta unas manos temblorosas la abrazan.

– ¡Cuánto has tardado, niña! Estaba preocupadísima por ti. No he pegado ojo en toda la noche.

Ella se limita a sonreír, a fingir que no pasa nada.

– Tranquila, abuela. La sesión de fotos se ha alargado un poco.

Espera para ver el efecto de sus palabras en la anciana. Le miente con piedad, una milonga sobre un trabajo de modelo para una revista de moda online. La anciana no parece tragarse el cuento. Sin embargo, no pone pega. Tal vez huela que su nieta no es modelo, aunque ni se imagina que sea actriz porno.

– ¿Qué tal Carlitos? ¿Cenó antes de acostarse? – Pregunta ella en voz baja, a la vez que se deshace de la chaqueta y el bolso.

– Sí, claro que cenó. Todavía no se me olvidan ese tipo de cosas, ¿sabes?

– Ay… No te enfades, abuela. No te queda bien. – Y le da un beso en la mejilla llena de arrugas.

Aún faltan tres horas para que los niños entren al colegio. Tiene el tiempo justo para ducharse, quitarse las manchas del rito y dormir algo.

Por un momento el universo y su ajetreo quedan atrás. La puerta cerrada del baño le otorga una tregua. Suspira profundamente. Quita las capas que cubren su piel. Se busca desnuda frente al espejo. Observa el contorno de su cuerpo, sus formas. “Eres bonita”, piensa. “Tan bonita… Con esta carne das de comer a los cerdos. Esos putos cerdos. Ellos pagan. Ellos mandan. Tú sonríes. Es lo que has elegido, dicen.”

Deja el espejo. Ya basta. Abre el grifo. Bajo el chorro de agua se le abrasaba la piel. Aguanta mientras llora sin llanto. Apenas un sollozo. Está demasiado cansada. Le duele. Palpita con punzadas el tejido desgarrado. Una voz muy similar a la suya le suplica que no caiga, que frene en su descenso. Ya estás rota, le dice, pero viva vales más.

PUM-PUM. Algo late.

Entre el agua una mancha negra se extiende. Al abrir los ojos ve un esqueje de hiedra salir por el desagüe, taponando con sus hojas el agujero. Agua estancada con restos de sudor, sangre y esperma. Cierra el grifo y mira extrañamente calmada como la planta invade todo el sumidero. Es de un color gris parduzco, sin flores. Las hojas tienen un aspecto sólido, casi cristalino. Los tallos parecen respirar. Son como pequeños pulmones finos y estirados. Un rumor…

¿Qué haces aquí?”

PUM-PUM. PUM-PUM.

Roza con los dedos el extraño vegetal. Su textura es húmeda, se contrae como un caracol al tacto. La agarra convirtiéndola en un matojo oscuro. Estira con fuerza. Al fondo, en la última habitación del pasillo de su cerebro le parece escuchar un grito de dolor. No es nada. Solo el cansancio. Igual que esa extraña hiedra. Tan extraña que nace por el sumidero y va creciendo. Que no tiene sentido. Que limita con lo imposible. Ceden los tallos. Los arranca.

PUM-PUM. PUM-PUM.

Se queda sola frente a un reflejo. Sola y desnuda.

En la mano, un ramo de oscuridad.