Crónica del último verano

  Se veía venir. Algún cascote de hielo fundido, extremas subidas de temperatura, el mundo: un pedrusco mal pintado dando vueltas por el espacio en una órbita sin sentido.

Y aquí abajo los gimnasios abarrotados, mens sana in corpore sano y todo eso, aunque sin balanza para equilibrar. Playas donde ni un alfiler podría caber. Refrescos conquistando el primer mundo con cero de azúcares, la chispa de la vida, hombres y mujeres abrazando sueños, niños en fábricas.

Al principio se habló de cambios en el clima, de una capa de ozono a remendar. Los telediarios convencían a medio planeta de que, el día menos pensado, una catástrofe natural borraría del mapa al otro medio. Y toda la culpa, decían, era nuestra, de los del mundo feliz, por imbéciles. Bueno, tal vez no fueran tan categóricos, pero por ahí iban los tiros. Exceso de dióxido de carbono. Superpoblación. Malos hábitos con nuestra Madre Tierra. Monopolio y explotación a granel de los recursos naturales. Con todo, quedaba clara la solución: consumir verdura ecológica y comprarse una bicicleta. Y a dormir a pierna suelta hasta que suenen las trompetas.

Mira: El cartón va aquí, el plástico y los envases en aquel otro. Pues ya está. Que día más bueno ha salido.

La tecnología se había convertido en la sustituta de algún dios. Soledad cibernética. Máscaras. Vidas escritas, pero no representadas. Sin embargo, todo eso cambió cuando la tecnología colapsó abriendo la puerta a nuevas deidades. El sol apretó como nunca. Al norte tenían calor, en el sur se ahogaban, y por los lados idéntica historia. Una violenta erupción solar sacudió el planeta entero con un pulso de radiación electromagnética (eso dijeron los entendidos, a mí qué me contáis) que mandó al carajo todo aparato electrónico existente. Los televisores se apagaron. Las luces se fundieron. Las ventanas a internet quedaron cegadas dejando a muchos pobres diablos atrapados en ellas por siempre jamás. Una nueva era de caos y miedo asomaba por el horizonte.

Los primeros en caer fueron los enfermos terminales que dependían taxativamente de una máquina para sobrevivir. Luego se apagaron los marcapasos y más gente murió. La temperatura siguió subiendo y algunos pueblos costeros fueron tragados por el mar. Lujosos apartamentos y hoteles en primera línea de playa se disolvían como aspirinas en el agua. Quienes no pudieron huir a tiempo fueron los siguientes en sucumbir. Les siguieron las personas con sobrepeso ahogadas entre agónicos estertores y rostros amoratados.

Todo aquello que tanto esfuerzo nos había costado obtener en otro tiempo, ahora valía lo mismo que un cero mal puesto. Aún había gente que guardaba su dinero por si acaso, ¿por si acaso qué? Cazamos cuanto quedó vivo. ¿Para qué el dinero? ¿Para qué nada? Elegir ropa dejó de ser un problema.

Poco después, cuando la población mundial restante empezaba ya a idear nuevo sistema y nuevas normas, el sol asestó su último golpe. Todas las personas, independientemente de su etnia, constitución, profesión o vocación, fueron calcinadas al instante. Bueno, todas no, evidentemente. ¿Si no, cómo podría contar yo esta historia?

Unos cuantos nos libramos del pulso solar, pero a qué precio. Los que no murieron fuimos víctimas de una mutación radical. Nuestra piel quedó seca como la tierra árida; pústulas sanguinolentas la resquebrajaban. El cabello se desprendió de las cabezas. Los ojos se derritieron soldando unos párpados imposibles ya de abrir. Perdimos la vista y el tacto.

Los pocos supervivientes que quedamos pensamos que esta transformación no era más que una muerte lenta y agoniosa. Un trámite. Un castigo. Vete a saber. Pero contra todo pronóstico pasaron los días, y luego los años, sin que nadie más muriera. Éramos las únicas personas en todo el globo, y aun así la raza humana estaba extinta definitivamente. Quizá alguna vez fuimos parecidos, pero ya no. Había nacido otra cosa.

Aprendimos a vivir sólo con el oído, el olor y el sabor. Nuestras heridas supurantes fueron cicatrizando. Los cuerpos nuevos se adaptaron rápidamente a la crematoria luz del sol. Volvió a nosotros el vigor. Y aprendimos a amar, quizá por primera vez.

Quien tuviera la voz más bonita y el mejor aroma podía sentirse la persona más bella. Aunque, por desgracia, nuestra nueva especie estaba condenada al fracaso y al frío olvido. Pronto nos dimos cuenta de que éramos estériles. Pero pensándolo bien, ¿qué herencia podríamos dejar? Entonces aprendimos algo importante. Tras sobrevivir al Armagedón, tras adaptar nuestro cuerpo al hostil entorno, moriríamos solos.

La vejez, las estrellas pululando por el infinito, año tras año, suspiro tras suspiro. Fuimos cayendo uno tras otro. Ley de vida. Ciclos que se cierran. Ni siquiera enterramos los cuerpos, ¿para qué? Nadie iba a verlos descomponerse al sol y a Dios lo mismo le daba fuera que dentro.

A día de hoy sólo quedamos dos. No tenemos muy claro quién es la hembra y quién el varón, pero poco nos importa, la verdad. Nos queremos y nos tenemos, y somos más humanos que nunca. Que baje algún ser supremo y me diga lo contrario.

Supongo que el tiempo se va agotando. Ya somos viejos y cuesta mover los huesos. Gastaremos nuestras últimas gotas en concluir con dignidad esta etapa final de la existencia. Uno al lado del otro. Contando una historia de la que podéis creer poco o nada. De todos modos, no cambiará la absurda y trágica realidad de dos grises ascuas que se van consumiendo poco a poco, aquí, en esta tierra muerta.

 En este último verano.

 

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