Construyendo tu novela: el argumento

Ahora que tienes esa idea tan interesante entre las manos es el momento de refinarla para convertirla en un argumento decente.

Estructurar una novela es uno de los pasos más divertidos, al menos para mí. Es en este momento cuando imaginas con total libertad lo que va a suceder, vas y vuelves, quitas y pones.

Pensando en términos arquitectónicos, la idea sería como querer construir un castillo y el argumento vendría a ser el diseño de los primeros planos. Ahora puedes jugar con los elementos. ¿Una o dos torres? ¿Foso? ¿Campanario? ¿Fortaleza?

Bueno, vamos probando hasta que demos con el esquema que más nos guste.

El proceso de convertir la idea en argumento se basa en 5 pasos fundamentales que serán los cimientos sobre los que se sustentará tu castillo una vez construido.

 

  1. Personajes

Todavía no vamos a desarrollar a fondo los personajes, pero sí a imaginarlos. Alguien tendrá que vivir la historia que pretendes crear.

No hace falta que ahora pienses en todos los personajes que van a aparecer en tu novela, y no tienen por qué ser demasiados. Sin embargo, sí es importante que imagines y des forma a tu protagonista. Que lo diseñes a grandes rasgos.

Tienes que tener claro quién es el personaje central con el que va a empatizar el lector, y a través de quién vas a contar la historia.

Piensa en sus características. Si es mujer u hombre, de dónde viene, cuál es su carácter, qué le motiva. Con eso tendrás un comienzo.

Lo habitual es que al imaginar a tu protagonista surjan ideas para el resto de personajes. Si hay un interés romántico, o un antagonista, o un apoyo, etc. Yo no soy muy dado a los clichés, y mi forma de escribir se aleja un poco de la estructura típica de: el bueno es motivado a coger al malo, se enfrentan y finalmente uno de los dos gana.

No suelo tirar por ahí. En mis novelas, lo normal es encontrar personajes que simplemente tratan de vivir sus vidas, las vidas que les ha tocado vivir, pero que por A o por B se ven arrastrados a situaciones que alteran sus rutinas y les obligan a tomar ciertas decisiones.

Aunque eso es mi caso particular, claro. Me gusta escribir así, lo que no quita que disfrute como un enano con las novelas de estructura más típica. De hecho, la estructura clásica es una buena manera de comenzar.

Alguien dijo alguna vez que una novela debe ser como una flecha, sale disparada desde un arco y va a caer a algún sitio en concreto. Todo tiene que tener su sentido y desembocar en algo.

Esto es, en definitiva, poner a tus personajes en el tablero de juego para que puedan llevar a cabo tu idea. Prueba a imaginar a esos personajes, y piensa quien de ellos será el portavoz con el que hablarás a tus lectores.

No tiene por qué haber un solo protagonista, sin embargo, para comenzar es más fácil centrarte en un único punto de vista.

Piensa nombres. Rasgos. Características. Y piensa qué papel podría tener cada uno en tu historia.

A medida que vayamos avanzando en los siguientes pasos irán surgiendo detalles y matices, incluso trasfondo para tus personajes.

 

  1. Objetivos

Ya tienes a tus personajes deambulando por el tablero. Todavía no están definidos del todo, pero ya pululan por ahí, tienen forma, se mueven. Lo que ahora necesitan son objetivos.

Piénsalo así: tu historia necesita un motor para poner en marcha a los personajes, un hilo conductor que arranque la trama y que atrape al lector desde la primera a la última página.

 

¿Qué va a suceder?

Esa es la pregunta del millón. Trata de responderla. ¿Qué va a suceder en tu novela? Necesitas un objetivo general, un lugar hacia el que avanzar, un horizonte.

Este objetivo general es la fuerza motriz que va a tirar de tus personajes. Es importante que lo tengas claro. Normalmente, este objetivo suele casar con las inquietudes del protagonista, ya que a través de sus ojos el lector va a conocer la historia.

Eso sí, el objetivo general de tu novela ha de ser uno y sólo uno. No te enfangues sin necesidad. Piensa en una meta y que todo se dirija hacia allí, pues si abres diferentes frentes sin tener la suficiente experiencia puedes acabar perdiendo los nervios y rindiéndote ante tu propia falta de coherencia.

Hazle al lector una pregunta, y dale la respuesta al final de la novela. Así lo mantendrás atrapado, intrigado, deseando avanzar para averiguar qué sucede en realidad.

Pregúntale: ¿Quieres saber qué va a suceder? Pues sigue leyendo. Tal vez lo descubras en la próxima página, o tal vez tengas que seguir hasta el final. ¿Será Lucas el asesino? ¿Logrará Sara encontrar a su padre? ¿Se salvará Tristán de su enfermedad? Preguntas y respuestas.

Una vez tengas el objetivo general de tu historia necesitas encontrar objetivos específicos para tus personajes, sus motivaciones. Puede que cambien a lo largo de la trama, o que evolucionen, pero necesitan unas motivaciones iniciales para ponerse en marcha.

Como ves, la motivación de los personajes debe definir su participación en la historia. Puedes describir sus objetivos específicos en un par de líneas, de momento. No necesitas más. Luego crearemos un trasfondo para cada uno.

Ahora piensa en el motivo que los pone en el tablero de juego.

 

  1. Obstáculos

Una buena novela debe lograr que el lector se preocupe por los personajes. Si logra eso, gran parte del trabajo estará hecho.

Ahora bien, para que nuestro lector sude, sonría, suspire, se tense o llore necesitamos poner a los personajes en aprietos, sean cuales sean.

Es preciso crear obstáculos. A la vez que los personajes buscan la manera de sortearlos, la trama avanzará y adquirirá volumen.

Los conflictos son los alicientes que engancharán al lector y las ruedas que harán avanzar tu historia.

Voy a ponerte un ejemplo archiconocido. ¿Te suenan las novelas de Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin, de la que derivó la serie Juego de Tronos? Bueno, pues en esas novelas todos los personajes, absolutamente todos, tienen que superar obstáculos continuamente.

Poco a poco va avanzando una trama mastodóntica, únicamente a partir de las decisiones de sus personajes al tratar de superar los obstáculos que encuentran.

En el caso de Canción de Hielo y Fuego esto es algo muy obvio. Piensa entonces en cualquier novela, cualquier película, cualquier historia en cualquier medio. ¿Te interesarían esas historias si sus protagonistas no tuvieran ningún tipo de problema que solucionar? Seguramente no.

Las personas tenemos que lidiar con obstáculos día tras día, y a lo largo de nuestras vidas. Cuando leemos un libro, queremos empatizar con los personajes, saber qué sienten, conocer sus razones y entenderlas. Queremos ver cómo superan los obstáculos que les impiden seguir hacia delante.

Es la capacidad de resolución de conflictos lo que nos hace crecer y adaptarnos al entorno. Y es justo eso lo que queremos que hagan los personajes de las obras que consumimos, resolver conflictos.

 

  1. Contexto y trasfondo

Ahora sí. Este es el momento de definir a los personajes.

Seguro que tras los tres pasos anteriores tus personajes han ido creciendo y adquiriendo volumen. Ahora tendrán nombre, sexo, motivación y rasgos superficiales. Bien. Pues en este momento toca construir un contexto para la historia y un trasfondo para ellos.

 

Contexto

 El contexto no es más que el marco en el que va a suceder tu historia. Puede ser de diversos tipos y una vez lo decidas tienes que ser fiel a este al cien por cien.

Imagina que en el mundo de Canción de Hielo y Fuego de pronto apareciera Gandalf en moto, o un señor con americana, gafas de sol y maletín. Al lector le sangrarían los ojos o como mínimo lanzaría el libro por los aires.

Piensa ahora en una novela de detectives ambientada en Los Ángeles de los años 40 en la que, sin preámbulo ninguno, un personaje saca un iPhone y hace una foto. Una locura, ¿verdad?

Pues básicamente en eso consiste diseñar un contexto. Si es histórico, documéntate y cíñete a la época sobre la que escribes. Infórmate, lee otras novelas que sucedan en el mismo momento histórico, busca biografías, películas, documentales… Todo lo que te sea útil para ser fiel al contexto en el que se moverán tus personajes.

Y esto nos lleva al tono de la obra. La tonalidad es consecuencia directa del contexto. Por ejemplo, si el contexto es la Guerra Civil española, el tono será crudo, de miseria y violencia.

Si hablamos de polis y cacos, el tono será noir, de novela negra, la ambigüedad del bien y el mal, etc.

Si lo que cuentas es una historia de amor en París, el tono será bohemio, romántico, puede que cómico. Y así hasta el infinito…

En definitiva: busca un contexto y un tono que te convenzan y luego cíñete a ellos.

 

Trasfondo

El trasfondo es la manera en la que se relacionan los personajes con el contexto, la mochila que cargan. ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Por qué están aquí?

No es preciso que cuentes en la novela la historia individual de cada uno de los personajes, pero sí es importante que tú la conozcas. Eso te ayudará a darle veracidad a sus acciones, a que el lector se lo crea y a que empatice con ellos.

No se trata únicamente de añadirle un pasado a tus personajes, si no de imprimirles un carácter, una manera de ver el mundo que los diferencie del resto y que sea fácilmente reconocible.

Aquí van unas cuantas preguntas que pueden ayudarte a la hora de crear el trasfondo de un personaje:

– ¿Qué edad tiene?

– ¿Dónde nació?

– ¿Cómo fue su infancia?

– ¿A qué se dedica?

– ¿Le gusta su vida?

– ¿Cuál es su carácter?

– ¿Qué le ha llevado a vivir cómo vive?

– ¿Qué busca? ¿Por qué?

– ¿Qué teme más que a nada?

– ¿Qué le haría feliz?

– ¿Cómo se relaciona con los demás?

– ¿Cuál es su motivación más importante?

Responder a todas estas preguntas te permitirá ir montando un puzle que enriquecerá tu historia en términos generales. En última instancia debes contestar a la pregunta: ¿quién es este personaje?

Para que tus personajes sean creíbles y le importen al lector deben tener un trasfondo ligado al contexto que has elegido.

 

  1. Final (o la adicción al K.O.)

Puede sonar mal, pero es mucho más fácil que una mala novela con un buen final deje más satisfecho al lector que una buena novela con un final pobre.

Juega con esto. Tenlo en mente durante todo el proceso creativo y de escritura. Pon un ojo siempre en el final. Si lo tienes claro desde el principio, será más fácil que todos los pasos te lleven ahí y que la coherencia no se vea resentida.

Cuando te sientes a idear la historia, piensa de antemano en cómo va acabar. Puede que por puras exigencias narrativas el cierre de la historia termine siendo distinto a lo que tenías en mente, no importa.  Lo importante es que tu trama haya avanzado desde el inicio hacia ese punto.

Tatúatelo: coherencia, coherencia, coherencia.

Ten claro esto: el clímax de tu obra va a ser lo que te consiga fans o detractores.

Por supuesto, el final debe tener sentido respecto al resto de la obra. No vale estar contando la historia de un par de hermanos pastores en el Antiguo Egipto de la V Dinastía y que al final caiga un meteorito que lo destruya todo porque sí.

Vale, bien, menudo golpe de efecto, pero vaya basura de final.

Sorpresa no es sinónimo de calidad. La sorpresa que generes al lector debe apoyarse en la coherencia (otra vez) de todo el relato.

Con todo, debes tener en cuenta que la mayoría de los lectores actuales esperan ser noqueados en las últimas páginas. Existe cierta adicción al K.O. a la hora de consumir ficción.

Así que no te cortes, busca un final sorprendente, algo que impacte al lector de tal forma que no pueda dejar de hablar de tu novela durante días.

 

 

Estos son los 5 pasos para conformar el argumento de esa novela que te ronda día y noche. ¡Espero que te haya sido útil!

Aquí puedes encontrar esta información ampliada, junto con todo lo que necesitas saber para escribir tu novela. 

¡Adelante! Escribe, escribe, escribe. Y cuéntame qué tal te va.

 

¡Nos vemos entre libros!

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