Afuera ya no queda nada

 Bastó un minuto con treinta segundos para abrir un agujero del tamaño de Plutón y dejarse caer. Tierra trágame. Apenas un pestañeo, el revoloteo errático de una mariposa magnética en alguna parte, lejos. Tan lejos. Y llegó el huracán, el viento furioso que barrió su vida. Atentos al truco: me veis, y ahora…

Se le olvidó la partitura. Un velo blanco cubrió su vista. Nada. Luces eléctricas y el caché de una talentosa pianista rascando los bolsillos de los presentes. Queremos aquello por lo que hemos pagado. Vibraciones.

¿Queréis? ¿Quiénes? Allí no había nadie. Ojos entre las tinieblas. Formas anónimas, apenas sí perceptibles. Esmóquines y vestidos tan caros como su caché. Le faltó el aire. Las yemas de sus dedos rozaban las teclas pulcras y brillantes de un piano lacado. Temblaban. Sus manos temblaban. Temblaba el suelo. Todo temblaba.

La expectación dejó paso a los cuchicheos. Ella escuchó la brisa pero no la entendió, le llegaba en un idioma desconocido. Murmullos. El arrullo de una masa compacta hecha de brazos, butacas, escotes, pajaritas y perfume francés.

No era consciente del minuto que llevaba en silencio. La luz de los focos convergía en su silueta, pero ella sólo quería apagarse. “¡Dejad de mirarme!” Apretó los puños. El murmullo fue elevándose. Un enjambre zumbador. Querían aquello por lo que habían pagado. Y lo querían ya.

Algunas pantallitas luminosas se encendían entre la oscuridad. Al día siguiente se haría viral: ataque de pánico de la prometedora y cara Eris Belmonte, la nueva Lang Lang (mil veces había visto ya ese maldito vídeo, y seguía sin reconocerse).

A nadie le importaba la obra. ¿Tchaikovsky? Ni idea, ruso seguro. El público quería a su estrella y esa noche, además, la querían a solas, desnuda frente a ellos, sin orquesta, sin acompañamiento. Tan solo sus delicadas manos de finísimos dedos blancos.

– Dejad de mirarme…

Fue poco más que un susurro jadeante. Después estalló la tormenta. Un clamor de notas discordantes colmó el teatro. El piano se quejó en molestos alaridos de agonía mientras la joven lo aporreaba con sus puños. No dejó de gritar, golpeaba desesperada. Un grito ronco, sin palabra. El aullido de un animal herido.

El mar de rostros se encendió bajo los focos. Olas de abucheos. Insultos. Reclamaciones. Alguien trató de llevársela entre bambalinas y poner fin cuanto antes a aquel lamentable espectáculo.

– ¡Dejad de mirarme! – Gritaba mientras se la llevaban. – ¡Dejad de mirarme!

Cayó el telón y partió el mundo en dos. Dentro estaba ella, afuera ya no quedaba nada.

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