Acepto el caos

 

«Acepto el caos, pero no sé muy bien si él me acepta a mí»

Bob Dylan

 

 Alguien que escribe puede considerarse en parte malabarista, parte artista, parte artesano, parte samurái, parte disciplinado, parte distraído, parte cuerdo y, sólo en parte, loco.

Muchas partes, ¿verdad?

Mételas todas en una coctelera, agítala y… ¡Voilá! Tendrás una copita de Caos con media rodaja de limón y una aceituna. Caos refinado, del bueno. Dale un sorbo y ponte manos a la obra. ¡Escribe!

No importa si lo que te traes entre manos es una novela sobre tu infancia, la infancia de tus abuelos, una investigación policial, un mundo épico o un recetario de cocina saludable. Tanto da. Tú bébete el Caos. Digiérelo. Hazlo tuyo. Después sírvete de él para plasmar tus ideas en palabras, para expresarte mediante un estilo propio.

Acepta el Caos. A tú alrededor suceden mil cosas por minuto y eso es algo que no puedes cambiar. Olvídate de la manía obsesiva por controlarlo todo. El mundo no va a dejar de dar vueltas por ti, ni por mí, ahora menos que nunca.

 

¿Por qué te cuento todo esto?

Pues porque creo que mi experiencia te puede ser útil. También lo hago a modo de terapia, tengo que reconocerlo.

No hace demasiado que tomé la decisión de vivir de escribir y enfocar todas mis energías en ello. Nadie dijo que fuera fácil, claro, pero por eso no pregunté. Aunque, si quieres, iré contándote por aquí en consiste eso de vivir escribiendo.

El caso es que yo creía que teniéndolo todo absolutamente controlado, hasta el más ínfimo detalle, mi plan funcionaría como un reloj suizo. Tic – tac, tic – tac. Impecable e imparable.

Pero un día crece un enano y luego otro, y otro más. Y de pronto tienes mil fuegos que apagar. Situaciones que creías controladas. Variables que no han actuado según a tu predicción.

Por ponerte un ejemplo, justo cuando decido dejar mi empleo de técnico de proyectos internacionales para dedicarme a tiempo completo a la promoción de La Balada del Infinito, la escritura de mi nueva novela y los recursos de Escribiendo el Universo, con todo milimétricamente estudiado para poder saltar sin red… va y mi mujer se queda sin trabajo.

¡Nooooooooooooo! ¡Esto no estaba en el plan! ¿Y ahora qué? ¡Vamos a morir toooooooooooodoooooooooosssssss! ¡AAHHHHHHHHHHH!

Mi reacción fue la típica reacción que hubiera tenido cualquiera convencido de que todo se puede planear y controlar. Lección de humildad buena del universo. Si algo se sale del guión parece que jamás llegará un mañana y que el fin es inminente. Pero pasa la noche, amanece y todo sigue en su sitio. Misma órbita, misma trayectoria. Y que tenga un buen día.

Y es curioso, porque en mi trabajo de hasta hace bien poco, lo habitual era ir apagando un fuego detrás de otro, una urgencia tras otra, en bucle. A pesar de ese estrés continuo y ese complejo de ninja, todo formaba parte de un plan mayor. Podría decirse que a grandes rasgos todo avanzaba como tocaba. Así que, en realidad, todo estaba en orden.

Ahora, más calmado, no puedo evitar esbozar una sonrisa al recordarme nervioso y angustiado por que la realidad no se ciñera a mi plan. Quizá, en general, estamos demasiado acostumbrados a tenerlo todo bajo control y a medir cualquier cosa, aunque a priori no parezca cuantificable, con parámetros tan abstractos como el éxito y el fracaso.

Ojo, no estoy diciendo que nos volvamos todos locos, ignoremos cuanto orden establecido nos rodea y vivamos en tribus cazadoras-recolectoras.

Pero a lo mejor sí deberíamos vivir más tranquilos, intentar preocuparnos un poco menos por todo.

Al final, después de dejar a un lado la ansiedad y el agobio que me produjo que mi plan no se cumpliera al 100%, pude analizar la situación y solucionar uno a uno los puntos flacos. Con más calma. Y en ello estoy. Adaptándome a las circunstancias sin abandonar mis objetivos.

Y, cómo no, escribiendo, escribiendo, escribiendo.

Vienen nuevos e ilusionantes retos. Yo aquí les espero, dispuesto a hacerlo lo mejor posible, sabiendo que en todo orden hay un poquito de caos y al revés. Sal, limón y un chupito de entropía.

La cosa es avanzar, un paso y luego otro. Te escribiré cuando llegue.

Nos vemos allí, entre libros.

 

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